Corte de foie y pan de especias – Corte de manga accesible

Hace años, durante una época, mi madre tuvo que tomar una medicina que tenía que mantener diez minutos en la boca. Eso , naturalmente, le impedía hablar. Yo, joven y travieso como era, aprovechaba para meterme con ella, hábito que he procurado no perder 😉

El caso es que ella no podía defenderse de otra manera que emitiendo sonidos tipo “huuum”, “grrr” y haciendo gestos con la cabeza y con las manos que yo no podía ver, lo cual contribuía a su desesperación y mi mayor diversión.

Hasta que un buen día, me cogió de una mano como si me fuera a llevar a algún sitio, luego me cogió la otra y la movió hacia la parte interna del brazo por donde se dobla. Después, dobló mi otro brazo al tiempo que exclamaba con la boca cerrada: “HUM!!!”. Pude percibir su cara de satisfacción cuando me di cuenta de que, con mis brazos, me había hecho un corte de manga accesible!

Otro corte igualmente divertido es esta propuesta inspirada en el corte de foie que tan rico me parece en Estado Puro, del gran Paco Roncero.

Corte de foie micuit y pan de especias con coulis de pera.

Ingredientes para dos cortes:

1 ó 2 peras (170g sin piel y sin corazón)

30 g. de agua

4 rebanadas pequeñas de pan de especias

2 medallones de foie gras de pato mi cuit de un espesor de 1cm aproximadamente.

Para el corte:

Con un rodillo, aplastar el pan (son rebanadas como de pan de molde) con cuidado de que no se rompa de forma que quede lo más fino posible. Secar sobre la rejilla del horno a 90-100 grados durante aproximadamente una hora o hasta que quede crujiente.

Para el coulis

Pelar la pera y retirar el corazón. Cortar en dados.

En el vaso de la batidora triturar bien junto con el agua. En una cacerola, llevar a ebullición y dejar reducir 5 minutos, debe quedar bastante consistente.

Montar los cortes como si se tratara de un corte de helado con una rebanada de pan de especias, la rodaja de foie y la otra rebanada de pan. Servir pintando alrededor en el plato un cordón con el coulis de pera.

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Muslos de pollo de corral con reducción de pesto y bacón

En 1996 tuve la oportunidad de participar en los Campeonatos Mundiales de Esquí paralímpico que fueron en Lech, Austria. Podría hablar de una receta de paletilla, puesto que mi actuación terminó con una rotura de clavícula, pero eso es más histórico que anecdótico y no se trata de contar historias del abuelo sin más.

Al final de las carreras, solíamos sentarnos en un banco a esperar a que terminara la participación de todos los corredores para que nos pudieran traer la ropa caliente que habíamos dejado arriba para hacer nuestra bajada con el aerodinámico, a la par que fino y frío, mono de lycra. En las competiciones de esquí paralímpico había muchas categorías distintas para dar cabida a toda la diversidad de discapacidades, y es que participábamos cuando aquello decenas y decenas de corredores, por lo que, en aquellos días de Enero, en lo más alto de las montañas de Lech, era mucho el frío que pasábamos hasta que nuestra querida ropa caliente volvía a nuestras manos.

Sólo así se explica que, En esa espera, con medio cuerpo acorchado por el frío, y las manos no eran menos, me sorprendiera de repente tocando a dos manos algo que tenía a mi derecha sin identificar lo que era y exclamando: “Pero esto qué es!” Una compañera del equipo, con la que llevaba un buen rato hablando, desde bien cerca de lo que estaba tocando me dijo: “Mi muñón!”. Y es que llevaba casi desde que estaba allí sentado , tocando sin saberlo, parte del muslo amputado de una compañera del equipo. Y claro, no estaba yo acostumbrado a trampas de esas de “ahora lo ves… Ahora no lo ves” 🙂

Bueno, para enlazar la receta de hoy, tengo varias opciones. Los muslos de pollo y el de aquella compañera, los muslos de pollo y mi metedura de pata… Vamos, que hay elección.

Muslos de pollo de corral con reducción de pesto y bacón

Ingredientes para 4 personas:

4 cuartos traseros de pollo de corral

15 g. de albahaca fresca.

3 dientes de ajo.

50 g. de queso parmesano rallado.

Salsa de soja para untar el pollo

100 g. de bacón en dados

30 g. de aceite de oliva para el pesto.

125 g. de caldo de ave.

Pimienta en grano machacada al gusto

Pintar el pollo con la salsa de soja, salar ligeramente y adherir los granos de pimienta previamente machacados en un mortero

Precalentar el horno a 200 grados. Meter los cuartos en una fuente que vaya al horno y taparlos con papel de aluminio. Hornear durante 45 minutos.

Pasado este tiempo, retirar el papel de aluminio, subir la temperatura del horno a 240 grados y dorar la piel del pollo con el grill unos 15 minutos más. Preparando el pollo de esta manera, la piel queda crujiente y pierde gran parte de la grasa que pudiera tener.

Entretanto, triturar la albahaca con el aceite y el ajo. Si es necesario, se puede añadir un poco del caldo de ave para que resulte más fácil. En una cacerola mezclar con el caldo y dejar reducir hasta que espese.

En una sartén, dorar los tacos de bacón. Si se prefiere, se puede hacer en el microondas, poniéndolo sobre un papel de cocina a máxima potencia. Hay que ir vigilando el tiempo que se pone puesto que depende de la cantidad y del grosor de las piezas. Se trata de que queden crujientes.

Cuando esté el pollo dorado, mezclar el parmesano y el bacón con la reducción de pesto. Disponer en cada plato una pieza de pollo con unas cucharadas de la mezcla anterior.

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Dúo de salmón ahumado y langostinos

Esta historia, podría no tener nada que ver con la ceguera, pero la cuento porque yo, y algunos dicen que el que no se consuela es porque no quiere, creo que en mi caso tiene relación única y exclusivamente con el hecho de no ver.

Antes de ir directamente a la Villa Olímpica en Nagano, todos los miembros del equipo pasamos una semana en Tokio por aquello de aclimatarnos al cambio de horario. Tras los entrenamientos físicos de la mañana, teníamos el día libre y yo aprovechaba para conocer la ciudad con Mitsuko, una amiga que había conocido el año anterior estudiando en Inglaterra y con su hermana Akiko. Son varias las anécdotas que viví con ellas en aquellos días en esa impresionante ciudad que ya iré contando a medida que se me ocurran platos que ligar con las historias. Pero en esta ocasión, es más bien cuando estaba volviendo que me ocurrió algo digno de contar.

Tras mi, vamos a decir, imprevista actuación en los Juegos Paralímpicos, no tenía sentido que me quedara más tiempo en la Villa Olímpica, por lo que me adelanté al resto de la expedición, me cogí un tren bala y me volví a Tokio a pasar un par de días en casa de mis amigas. Vivir en una casa japonesa fue una experiencia que también contaré, pero tras la cena, las hermanas me dijeron que había que bañarse. Era tardísimo, y no consideraba yo que estuviera muy sucio, pero no sabía bien qué hacer, por lo que me dejé acompañar al baño. Me enseñaron la bañera, que estaba ya llena y tapada con una especie de esterilla que mantenía el calor del agua y me explicaron que toda la familia se bañaba ahí. Gracias a Dios, lo siguiente que me enseñaron fue la ducha y me dijeron que después se daban una ducha, por lo que, tras imaginarme en la bañera, con el agua de toda la familia, vi el Cielo abierto y dije que como estaba muy cansado, que sólo me ducharía. Más tarde, diría que demasiado tarde, supe que esas bañeras japonesas son como los yacusis y que tienen una depuradora que calienta y filtra el agua como en una piscina… primera consecuencia de no ver: me perdí, seguramente, un baño muy agradable.

Pero lo gracioso de esta historia y lo que engancha con la receta de hoy es lo que pasó después. Una vez me hube decantado por la ducha, me trajeron una toalla, me dijeron donde estaba el gel, champú, etc. y salieron. Me quité la ropa y cuando me disponía a empezar a ducharme se abrió la puerta, las dos hermanas se plantaron delante de mí y me dijeron: “Quieres que te ayudemos? Quieres que nos duchemos contigo?”. Se paró el Mundo, podía escuchar los latidos de mi corazón, me palpitaban las sienes, mi vida pasó por delante de mi mirada como si fuera una película. Esas fantasías de las que se habla por ahí 😉 Dos hermanas y dos mujeres en la ducha! Dos en uno!

Pero se paró la película, las sienes dejaron de latir, el sonido de mi corazón dejó paso a la voz de la conciencia y de la cordura: “Tú estás tonto? Las conoces bien. Sólo vienen a ayudarte!”. O fue la otra película mental del señor okino, dueño de la casa y padre de esos dos angelitos, persiguiéndome con una Katana? El caso es que, entonces y ahora 15 años después, pongo la mano en el Fuji que sin equivocarme, que el ofrecimiento era el de dos anfitrionas japonesas que se agobiaron de pensar que había un cieguecillo desamparado que podía tener dificultades duchándose en su casa y que pensaban que para frotarse la espalda, hace falta ver!

Aquí en cualquier caso, propongo un dos en uno que, como en esas fantasías que dicen que tiene la gente por ahí, será muy satisfactorio.

Dúo de salmón ahumado y langostinos con chantilly al limón

Ingredientes para 6 personas:

18 langostinos cocidos

6 lonchas grandes de salmón ahumado

18 patatitas pequeñas

1 limón

15 cl. de nata para montar

Una latita de huevas de lumpo (sucedáneo de caviar)

Sal y pimienta

Lavar el limón y sacar la piel para hacer ralladura. Cortar muy fino y blanquear 1 minuto en agua hirviendo. Escurrir y reservar.

Cocer las patatas peladas durante 25 minutos

Montar la nata bien fría y una vez montada, añadir una cucharada de zumo de limón, sal y pimienta.

En cada plato, colocar una loncha de salmón, tres langostinos en el centro, alrededor tres patatas templadas en rodajas montadas una encima de otra. Disponer también una cucharada de la nata montada, una cucharadita de ralladura de limón y una cucharadita de huevas.

Si se le quiere dar un toque diferente, espolvorear con un poco de curri no picante.

Una sencilla sugerencia , un plato frío de cara a este verano ahora que parece que van subiendo las temperaturas.

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Rollito crujiente de langostinos, puerros y Caprice des Dieux

No es infrecuente ir andando por la calle con el bastón y que alguna de las personas que te ven habitualmente en tu trayecto cotidiano te echen una mano. “La verdad es que hay que ver lo bien que os apañáis”, “Es increíble cómo os movéis por la ciudad con lo difícil que es”, “Las cosas no están pensadas para vosotros”, etc. Hay que reconocer que, en ocasiones, no es fácil moverse por la ciudad y que yo mismo, siento cierta admiración por otros ciegos que se mueven, a mi juicio, mejor que yo. No es menos cierto que, aunque a veces, al vernos andar en líneas poco rectas, o dirigiéndonos directamente hacia un obstáculo que no esquivamos hasta el último momento, cuando lo tocamos con el bastón, cueste pensar que vamos bien y seguros, por regla general, la situación está controlada. Y es que gracias al entrenamiento que nos da la ONCE en el caso de los ciegos españoles y los kilómetros que le hacemos al bastón, uno acaba por arreglárselas dentro de la dificultad.

Cuando me subo al tren, antes de sentarme, doblo el bastón despacito y con mucha precaución, entre otras cosas, para no sacarle un ojo a nadie y mientras lo hago, el tren ya ha arrancado, lo cual me obliga a mantener una postura particular, quizás un tanto marcial para mantener el equilibrio.

La cuestión, y lo que quería contar hoy volviendo a lo hostil del medio urbano y la admiración que se puede sentir por aquellos que se mueven bien por él pese a la diversidad de las circunstancias que le acompañen, es que hace poco, en la calle, ni siquiera en el tren se me acercó un señor para expresarme la admiración que sentía por mí: “Yo voy en el mismo tren que usted. Le veo subirse cada mañana. Es admirable!”

“Bueno, en realidad, la mayor dificultad es la de encontrar la puerta si no me ayuda nadie.”, contesté.

“No, no. Si lo que es admirable, es la forma en la que dobla el bastón antes de sentarse! Muy elegante y metódico.”

No pude evitar sonreír para mis adentros: “Esta sí que es buena. Vaya arte tengo doblando el bastón!”. Desde entonces, al subir al tren, ejecuto mi pequeña ‘performance’ y muestro mi arte con el bastón 😉

Bueno, para esta receta, no hay peligro de sacarle el ojo a nadie doblando las hojas de pasta filo para hacer los paquetes ni hace falta ningún procedimiento marcial.

Rollito crujiente de langostinos puerros y queso

Ingredientes para 6 rollitos:

6 hojas de pasta filo

500 g de langostinos

200 g de puerro (la parte blanca)

100 g de queso caprice des Dieux

Mantequilla

Cortar muy fino el puerro. Rehogarlo a fuego lento con mantequilla.

Pelar los langostinos y conservar las cabezas para otra preparación. Cortarlos en 3 ó 4 trozos.

Añadir los langostinos con el puerro y la mantequilla dejando que queden poco hechos, ya que terminará la cocción en el horno.

Derretir la mantequilla en el microondas para pegar las hojas de filo. Con un pincel de cocina, pintar cada hoja y doblarla por la mitad por el lado de la mantequilla.

Hacer paquetes con las hojas de filo dobladas con el relleno y el queso cortado en taquitos y bien repartido.

Pintar con mantequilla los rollitos y hornear a 180 grados hasta que se doren.

Servir caliente con una ensalada.

Se puede hacer paquetes más pequeños y servir como aperitivo para picar.

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Bastoncillos de queso al horno

Hace un par de semanas, al salir de trabajar tuve una ocasión de premiarme con unas ostras antes de volver a casa que preferí no dejar pasar. Después, como cada día, me encaminé al tren para recogerme. Al ir a subir, buscando la puerta, se me enganchó la punta del bastón entre el andén y un escalón del vagón. Tras dos pequeños tirones, deduje que sería mejor optar por la maña y me agaché para ver como desengancharlo. Así que ahí estaba yo en cuclillas en la puerta del tren mientras entraban unos y salían otros, analizando con las manos la situación. A esto que noté como, a falta de una, dos personas y a la voz de Deja, deja!, tiraban del bastón demostrando que ellos habían optado por la fuerza. De hecho, hicieron gala de una fuerza suficiente como para desengancharlo, o mejor dicho, para romperlo dejando la pieza en la vía. Entre todos recogimos el resto de las piezas del bastón que se habían esparcido por el andén y me subí al tren diciendo en voz alta: Ya veré lo que hago para bajarme del tren y llegar a casa.

Ya sentado, acordándome de la estampa de mis hercúleos ayudantes y recordando la maña de Mac giver, lo recompuse como pude y, tras darme unas vueltas por el vagón, pensé que sería capaz de llegar hasta casa. De pronto, de la mano de un tremendo malestar, me doy cuenta de que las ostras no me han sentado precisamente bien y contrayendo al máximo el cuerpo y rezando por que el tren haga paradas cortas, me pregunto cómo voy a hacer compatible lo de andar con prisas y con el bastón en precario!

Llego a mi estación, bajo del tren y con pasos cortos como los de las muñecas de Famosa cuando se dirigen al Portal, yo me dirijo hacia casa. Vaya estampa! Habitualmente, como considero que el camino de la estación a casa es un paseo agradable que me gusta disfrutar pensando en mis cosas, siempre que me ofrecen ayuda, digo que voy bien así. Por tanto, y dado que con horarios similares todos me conocen de vista, hace tiempo que no se me ofrece nadie, por lo que hoy, el tema no iba a ser menos! No puedo evitar pensar: Será listo el autosuficiente, a ver quién me ayuda ahora con las prisas que llevo! Pero bueno, con las piezas del bastón, convertido en bastoncillo, y usándolo más como una cachaba, consigo llegar a casa apretando el cuerpo y las tripas, en este caso, más me sirvió la fuerza que la maña 😉

Bastoncillos de queso al horno.

Esta receta es, si no la primera, una de las primeras que cociné en mi vida, con 6 ó 7 años y está extraída del libro La cocina es un juego de niños de Michel Oliver, del año 1963.

Ingredientes:

En la receta original, las medidas vienen en tazas y cucharadas para facilitar a los niños la elaboración. Incluso, alguno de los instrumentos de medida había que montarlo como un recortable. He obtenido las equivalencias en peso.

2 tazas de harina = 200 g.

8 cucharadas soperas de mantequilla en pomada = 100 G.

4 cucharadas soperas de leche = 50 G.

10 cucharadas soperas de queso rallado = 120 G.

1 cucharadita de sal = 5 G.

Precalentar el horno a 200 grados.

Mezclar en un cuenco grande con la mano todos los ingredientes hasta obtener una masa homogénea.

Con un rodillo extender la masa sobre la mesa hasta obtener una plancha de un grosor de medio centímetro.

Con un cuchillo cortar la masa del tamaño de los bastoncillos ( 1cm*3cm aproximadamente) y colocarlos sobre una bandeja de horno. Hornear unos 12 minutos hasta que estén dorados y vigilando que no se quemen.

Obviamente, cuando hacía estos bastoncillos de pequeño, no podía degustarlos tal y como hago hoy en día, a modo de aperitivo, con una cervecita bien fresca. Una copa de vino blanco también me parece una gran compañía, para los bastoncillos, se entiende.

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Pan perdido de setas con foie gras

Con ocasión de la celebración de una asamblea previa a los Juegos paralímpicos del 2004 tuve que pasar unos días en Atenas.

El segundo día, después de la preceptiva visita por la ciudad y una rica cena, algunos de los miembros de las comitivas nos quedamos a departir en el bar del hotel. Cuando ya nos recogimos, y no era pronto, cada cual se iba bajando del ascensor cuando éste se paraba en su planta. Al llegar la quinta, fui el único que se bajó y, aunque no faltó gente que se ofreciera a acompañarme hasta la puerta de mi habitación, yo me hice el gallito y me bajé solo. Anduve, según lo que recordaba por un pasillo, giré a la derecha y conté una buena decena de puertas hasta que llegué a la que creía que era la mía. Metí la tarjeta pero no escuché como se abría. La giré 180 grados y tampoco. Luego, le di media vuelta en el otro sentido, nada! Otra vez 180 grados… Y vuelta a empezar. Tras haber probado un par de veces todas las posiciones deduje que estaba intentando entrar en la habitación de otros clientes! Pero, me había pasado o me había quedado corto contando puertas? Probé con todo sigilo, y con todas las posiciones de la tarjeta, en la anterior y en la posterior sin éxito. Media horita con el ritual de las 4 posiciones de la tarjeta probando de puerta en puerta con la duda que resonaba en mi mente: "saldrá alguien a romperme la cara?", "estaré intentando entrar en la habitación de la mujer de mi vida?" "Será esta cerradura el pie que busco para mi zapato de Cristal?" y bueno, cada vez que oía a alguien por el pasillo (no muy a menudo, por cierto) salía corriendo a ver si era posible que me echaran una mano. Pero llegaba siempre tarde!

Eso sin contar los que salían despavoridos al ver a un tío , con una camiseta del comité paralímpico que le llegaba casi hasta las rodillas y con un perro diciendo con su lenguaje corporal: "que no, que no es por aquí" corriendo hacia ellos… "please, please!" Al fin encontré los ascensores, por supuesto con los botones táctiles, sin relieve, y mucho menos aún con braille. recorrí varias plantas sacando la cabeza para escuchar el eco y saber así si estaba realmente en la recepción. al fin ese eco, esa señal, esa voz de un tío que casi me mata del susto! "I have got lost" le dije yo cuando recobré el aliento. y él me contestó algo así como: "Cualo?" (pero en inglés) Dioooos! muy pasadas las 3 de la mañana, Atenas, perdido, el Capitán Morgan con Coca-Cola y su chorrito de limón navegando por mi cabeza, perdido, decía, sin más compañía que la de un perro guía despechado porque no le estaba haciendo caso y el que viene a ayudarme… no habla inglés! Y bueno, quién fue el listo que dijo que nuestro idioma tiene parte de sus raíces en el griego? qué pasa, que era sordo? Era un iletrado? Estuvo alguna vez perdido vagando por los pasillos de un hotel en Atenas? El caso, poneos en mi lugar, háblale por señas a un tipo sin saber siquiera si está mirando hacia donde haces las señas para decirle: "Estoy perdido. Mi habitación es la 520”. Dónde habrán quedado esos llaveros que no cabían en el bolsillo ni nada, pero que tenían el número de la habitación muy clarito? y bueno, finalmente nos entendemos. Subimos en el ascensor con un tenso, y forzoso, silencio. Llegamos a la habitación, mete la tarjeta y… No funciona. "Era eso!”, exclamé. “No me había perdido!”

Al que tampoco se puede dar por perdido es a este pan de ayer que he utilizado para hacer este Pan perdido a las setas con foie Gras.

Pan perdido de setas con foie gras.

Pain perdu, pan perdido en francés, es el nombre que se le da a las torrijas en Francia. Vamos a hacer unas torrijas con sabor a setas sobre las que pondremos una loncha de foie gras de pato.

Ingredientes:

Medio litro de leche.

200 g. de setas congeladas.

3 huevos

12 rebanadas de pan de torrijas o del día anterior

200 g. de foie gras de pato crudo o micuit

Harina para enharinar el foie

Sal y pimienta.

Sal maldon

Calentar la leche descongelando las setas dentro. Cuando llegue a ebullición, apagar y dejar infusionar 10 a 15 minutos.

Batir con la batidora hasta que las setas estén totalmente trituradas.

Empapar las rebanadas de pan con la leche de setas 30 minutos hasta que queden bien empapadas.

Pasar las rebanadas por el huevo batido y luego por una sartén antiadherente con una fina capa de aceite por las dos caras.

Se puede poner el foie micuit o a la plancha cortado en 12 porciones de un cm de espesor.

Si es a la plancha, calentar una sartén a fuego vivo, enharinar los trozos del foie crudo y bien frío y hacerlo en la sartén 30 segundos por cada lado.

Servir las rebanadas con un trozo de foie gras salpicado con copos de sal maldon.

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Pizza de pesto de rúcula y chorizo picante

Hoy me he levantado rebelde y pese a las advertencias que hace el manual de Thermomix, me he puesto aventurero y me he “jugado el tipo” haciendo la masa de mi pizza y el pesto de rúcula, la salsa de tomate, por no abusar, la he hecho en la sartén. Copio y pego del manual:

“El Thermomix TM 31 no está destinado para que lo utilicen personas (incluyendo niños) con capacidad física, mental o sensorial reducidas, o falta de experiencia y conocimientos, a menos que se les supervise o instruya referente al uso de la máquina por una persona responsable de su seguridad”

Lo primero, me ha sorprendido el paréntesis para incluir a los niños en el colectivo de

las personas, será quizás que los consideran personitas? Lo siguiente que he hecho, ha sido preguntarme si el dolor de rodillas debido a la carrera que me di ayer, se puede considerar una reducción de mi capacidad física, pero dado que podía mantenerme en pie, no le he dado mayor importancia. En segundo lugar, he tirado la copita de vino que me acompañaba mientras planeaba cómo hacer mi pizza, no fuera a ser que disminuyera mi capacidad mental. Aún así me he hecho un test de alcoholemia, aquel de poner el meñique en la pierna levantada y el pulgar en la nariz y dar una vuelta completa con el otro pie, y tras dar negativo, he chasqueado los dedos a derecha e izquierda para verificar el estado de mi capacidad sensorial auditiva. Finalmente, y espero que todo el mundo haga estas pruebas para cumplir con los requisitos de seguridad, me he hecho una sencilla prueba casera de mi capacidad sensorial visual contando los dedos que he puesto delante de mis ojos. 3! Y sí, eran 3! Espero que, dado que no tengo a mano una persona responsable de mi seguridad, tal y como reza el manual, nadie tenga en cuenta que quizás he hecho un poco de trampa con lo de los dedos.

Al final, me he considerado capacitado para usar la Thermomix y, visto que puedo teclear esta receta en el ordenador, sigo contando con todos mis dedos 😉

Ingredientes para 3 pizzas:

Para la masa de la pizza

300g de harina de fuerza

10-12g de levadura de panadería

160g de cerveza

3 cucharadas soperas de aceite de oliva virgen extra

Sal

Una pizca de azúcar

Para el pesto de rúcula

80g. de rúcula

65g de queso parmesano rallado

50g. de nueces peladas

Un diente de ajo

120g. de aceite de oliva suave

Sal

200g. de Salsa de tomate

150g de Mozarela para pizza

Chorizo curado picante en finas rodajas.

Modo de hacerlo:

Yo, por aquello de la rebeldía, hoy he hecho la masa con la Thermomix. Para hacerla a mano:

Deshacer con los dedos la levadura en un poco de la cerveza a temperatura ambiente.

Hacer un volcán con la harina sobre la mesa Incorporar la cerveza con la levadura, el aceite, la sal y el azúcar, y amasando de fuera a adentro, el resto de la cerveza hasta que se integre la harina con el líquido y quede una masa homogénea que apenas se pegue en los dedos. Puede llevar unos 10 minutos.

Separar en 3 partes iguales y dejar reposar un mínimo de 40 minutos en un lugar cálido. Yo a veces enciendo el horno a menos de 30 grados y dejo que la masa repose ahí cubierta con un trapo.

Mientras, con la Thermomix o cualquier otra procesadora de alimentos, triturar las nueces, el parmesano y la rúcula. Incorporar la sal y el aceite en fino chorro.

Precalentar el horno al máximo.

Enharinar la zona de trabajo y el rodillo y hacer tres discos finos con la masa de la pizza.

Disponer en la bandeja del horno, previamente enharinada, o sobre un papel de hornear, los discos, cubrirlos con una capa de la salsa de tomate, la Mozzarella y las rodajas de chorizo. Hornear unos 15 minutos. Sacar las pizzas del horno, cubrir con el pesto de rúcula y hornear un minuto o dos para que el pesto coja temperatura, pero no debe cocerse.

El pesto, por supuesto, puede ser el tradicional de albahaca y piñones.

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